Toma de posesión como Académico de Número de
D. José María Luna

  • Discurso de ingreso como Académico de Número
  • “MUSEOS PARA LA VIDA” (Pdf 577k )
  • Laudatio de Dº Angel Asenjo Díaz
  • Salón de actos de la Sociedad Económica de Amigos del País
  • 25 de junio de 2015

Decía en 1971 George Riviere, el padre de la Museología moderna, que “el museo era una realidad ya antigua, en el momento en que nace el término. Un tesoro de los dioses y de los hombres, en el comienzo de los tiempos. Un laboratorio, un conservatorio, una escuela, un lugar de participación de nuestro tiempo. Una máquina para coleccionar, de todas las épocas. Con o sin techo. En el que la cabeza avanza a audaces saltos, y el final no acaba de llegar. En desarrollo exponencial, mancha de aceite extendiéndose a través del mundo. Cultivando la sincronía en la diacronía, o la diacronía en la sincronía. Alrededor de todas las disciplinas del arte y del saber. Una familia internacional, de nuestros días”. Espero que me perdonen ustedes la larga cita, pero me parecía ineludible por dos importantes razones. La primera de ellas, naturalmente, la cita y elogio del maestro, y la segunda porque sabiamente define y sintetiza muchas de las preocupaciones y reflexiones que aún hoy en día nos plantea el Museo y nos planteamos cuantos en torno a estos extraordinarios lugares reflexionamos y hemos tenido el privilegio, el enorme privilegio, de trabajar. Pero hoy no se trata de mi experiencia como profesional de la gestión cultural y más concretamente de la gestión de instituciones museísticas. Eso seguramente, estoy convencido de ello, sería muy aburrido y nada más lejos de mi intención que cansarles.

Hoy me gustaría hablar de mi experiencia como visitante de museos. Mejor dicho de mis sensaciones como usuario. Sí, quizás, mejor usuario. Usar, según el diccionario de nuestra Real Academia de la Lengua quiere decir, en su primera acepción, hacer servir una cosa para algo. Pero es que en su segunda significa practicar algo habitualmente o por costumbre. Ergo, creo que puedo, permítanme hablar en primera persona, considerarme un usuario de pleno derecho de los museos. Es verdad que en un entorno tan cuidadoso con las formas, a veces tan extremadamente susceptible para con ellas, usuario pudiera sonar demasiado prosaico, a lo mejor poco sofisticado para poner en relación con una de las instituciones de “referencia social” de nuestro tiempo ( igual Georges Riviere, aunque sea póstumamente, se ha salido con la suya). Pero también es verdad que he usado mucho de los museos y, espero, si la diosa fortuna no me tiene reservado otros devenires, poder seguir usando de ellos por mucho tiempo. Hacerlos servir para algo. Hacerlos servir como laboratorios, como escuelas como lugares de participación y de educación. Hacerlos servir para disfrute, para instrucción y educación sí, pero también para delectación y deleite, para el goce de los sentidos en la experiencia de la contemplación serena. Es algo que he practicado, usado, como dice la Academia, de manera habitual y por costumbre desde hace muchos años, aunque hace tan solo unas pocas décadas eso no fuese tan fácil y mucho menos para alguien al que habían venido a nacer en este lugar radiantemente luminoso, de azules sin parangón, dónde el Sol siempre sale. Extremo meridional de la vieja Europa.

Es verdad. Muchos de ustedes lo recordarán bien. No abundaban en la zona, tampoco en el país, bien es cierto, los museos. Desde luego en Marbella no había ninguno (ahora hay uno, y bien interesante pero cerrado, que no termina de recibir el cariño que merece por parte de quien de esto debe ocuparse, mientras concita el respeto de los profesionales del resto del país) y en Málaga, si no recuerdo mal, estaban abiertos el Museo Provincial de Bellas Artes y el Arqueológico en la Alcazaba. Y en 1976 se inaugura el Museo de Artes y Costumbres Populares en el antiguo Mesón de la Victoria. Poco más. Sí, en esta Málaga que ahora cuenta con una oferta museística que ha merecido la atención de todo el mundo. Una oferta que se nos antoja ha estado siempre ahí, pero que es el resultado de un inteligente y continuado esfuerzo de la ciudad en este sentido; un esfuerzo que ya lleva dando magníficos resultados desde hace algunos años.

En mi caso personal tuve que esperar a los catorce años para visitar el primero. Y no fue en Málaga, tuvo que ser el interés de mi padre por visitar a un antiguo amigo el que me llevara, en un viaje cuasi iniciático – nada parecido, por supuesto, a aquel Grand Tour de los viajeros románticos – por aquellas carreteras de entonces, a toparme con el Museo del pintor Rafael Zabaleta en un pequeño pueblo jiennense, Quesada, cabe el parque natural de Cazorla y la sierra de Tíscar. No sé si pueden hacerse una idea de lo que supuso para un joven adolescente – que sí, había visto obras de arte, gracias al entusiasmo – un tanto ingenuo- de su maestro, en aquellas bienales de arte que el mismo docente organizaba en la Marbella de los setenta (sirvan estas palabras de homenaje y recuerdo emocionado a su trabajo, al trabajo de tantos docentes, y a su persona) -, un adolescente que emborronaba algunos papeles y coleccionaba estampas de grandes obras de la historia del arte, háganse una idea digo, de la emoción que supuso visitar, prácticamente en la intimidad, aquellas obras vistas sólo antes en algunos pocos, muy pocos, libros. La revelación de los colores, de las líneas, de la textura de la pincelada y la consistencia de la pasta pictórica, ahí, tan cerca, frente al pasmado barbilampiño que iba de un cuadro a otro con los ojos a punto de salir de sus órbitas. No es Zabaleta, cuya obra he conocido bien más adelante, precisamente uno de mis pintores predilectos – aún reconociendo su lugar en la historia del arte español- pero la vida que gusta de jugar con nosotros – a veces más de lo que uno quisiera – me ha puesto a Zabaleta muchas veces en el camino. Tantas que sería prolijo contar aquí, además de no venir al caso. No obstante, no me resisto a contarles un pequeño detalle de mi agenda. El próximo día 16 de julio, después de casi cuarenta años de aquella primera visita, volveré por segunda vez en mi vida a Quesada, en esta ocasión amablemente invitado por el Museo Rafael Zabaleta para formar parte del jurado del Concurso Internacional de Pintura Homenaje al pintor, que alcanza este año su cuadragésimo quinta edición. Un Museo nuevo, que sé más amplio y moderno, mucho mejor equipado que aquel de mis recuerdos, el que amablemente te abría el policía municipal que se encontraba en la oficina de un parque – creo recordar – cercano. En fin, como diría mi paisano y entrañable buen amigo, el poeta Juan Malpartida:

La vida, palabra apenas dicha.

Un viaje que no paró en Quesada y que nos llevó a otras ciudades y a otros museos, con singular empeño de mis padres en que los visitara, quizás atisbando algo que yo en aquella época no era capaz siquiera de soñar. Entre ellos el Museo del Prado, sin olvidar la Casa Museo del Greco, aquel “invento” toledano del Marqués de la Vega Inclán – tan aficionado a la reconstrucción de los ambientes en los que las obras fueron creadas -, ahora reformado y ampliado. Una ciudad, a la que el destino no ha dejado de llevarme. En uno de sus museos – en otro viaje -el Sefardí, ignorante de nuestro paisanaje, descubrí – a principios de este milenio – al pintor Daniel Quintero, pleno de púrpuras, en su retrato de Samuel ha-Leví.

A aquel primer museo han sucedido otros muchos. De algunos de ellos quiero hablarles. No les hablaré de los grandes museos que todos conocen. De esos mucho se ha dicho y escrito ya, así que difícilmente podré aportar mucho más sobre esa cuestión. Aunque me temo que no resistiré la tentación de citar – si ustedes son tan generosos de permitir que me salga de esa norma autoimpuesta – alguna obra maestra que en ellos se encuentra. Es mi intención compartir con ustedes algunas reflexiones sobre los museos, la razón de ser de su existencia, su lugar y función en el mundo, al hilo de los recuerdos de algunas visitas a esos otros museos, menos sonoros, menos famosos, con menos superficie, con menos obras maestras quizás, pero que sirven a la sociedad que los ha creado y los mantiene, cumpliendo su función. Esa función que, no lo olvidemos, pasa por conservar, investigar, exponer y difundir el patrimonio material e inmaterial de la humanidad con fines de estudio, educación y recreo. Según nos recuerda el ICOM, en sus siglas en inglés, el organismo de la Unesco para los Museos que actualiza de manera periódica la definición.

De la misma manera que el Excmo. Sr. Presidente de esta docta Corporación, mi admirado y respetado amigo José Manuel Cabra de Luna, parafraseaba a Montaigne, “yo mismo soy el tema de mi discurso”, para explicar la presencia de referencias biográficas en su propio discurso de ingreso, cito yo aquí a ambos para excusar desde ya las que aquí aparecerán, de algún modo, inevitablemente, puesto que no somos más que lo que hemos vivido, las circunstancias que nos conforman, el mero recuerdo de lo que hemos sido, la memoria de nuestra experiencia. Pues, nuestra opinión, como afirmara Spinoza, está hecha de la consciencia de nuestras acciones y de la ignorancia de las causas que las determinan.

Mucho han cambiado los museos, de la misma manera que, afortunadamente, mucho ha cambiado nuestra sociedad. En especial esta España fruto de aquella Transición ejemplar que, sorprendentemente, hoy toca defender ante afanes extemporáneos e inopinadamente revisionistas. Ya en los años treinta de la centuria pasada se empezaron a mover cosas. Es en ese momento en el que comienza en nuestro país la evolución del museo como entidad centrada en el cuidado de los objetos en él conservados, para pasar a una institución con más consideración por las “necesidades de los individuos”. Los museos empiezan a dejar de ser esos panteones, enterradores de la verdadera creación que dijera el en todo hiperbólico y polígrafo Menéndez Pelayo. Y en ello tendrá mucho que ver, un paisano nuestro, hace muy poco felizmente recordado por fin, cerca de aquí, en el Museo del Patrimonio Municipal, don Ricardo de Orueta, que como Director General de Bellas Artes sentó las bases para que los museos españoles abandonasen su condición de “almacenes de baratijas, desordenadas y mal tratadas”, según sus propias palabras.

No solo cambian los museos, también cambian las personas. Al menos eso percibe, otro de los grandes, Eugenio D’Ors, que en su popularísimo libro, “Tres horas en el Museo del Prado”, afirmaba que “empieza a ser conocido un cambio de actitud en las generaciones nuevas de curiosos, de estudiosos, al acercarse a los museos. Acontece que hombres de hoy se encaran con las obras de los grandes maestros, gustan de ellas enseguida y, de sopetón, las entienden, considerándolas directamente como negocio estético”. Curiosa la expresión, ciertamente. Negocio estético. Es decir, utilidad o interés que se logra en lo que se trata. No es poco, pero no sólo. No les parece. Algo parecido dice Estrella de Diego, en un reciente libro, absolutamente recomendable, “Rincones de postales”, en el que habla de las prisas del turismo cultural, del gusto por el souvenir, por la pieza capturada – ya sea en forma de postal o a través de los dichosos teléfonos inteligentes, y esta, perdónenme, es una interjección de cosecha propia – “donde menos se espera, a quien menos se espera, le tiemblan de repente las rodillas y empieza a sentir como Proust, que el mundo es muy diferente de como lo había imaginado. Mejor, claro”.

No parece que estuviera muy de acuerdo Ortega con ello, cuando aseguraba que “ningún hombre sensible podía experimentar emoción artística en un museo”. Pues, “…los museos, con sus pobres cosas quietas, son lugares espectrales que viven una vida extemporánea e irreal, un grotesco ensueño, exangüe e invalido”. No seré quien ponga en cuestión las afirmaciones de aquel a quién sardónicamente llamaba Azaña “la masa encefálica”, ni quien presuma de una acusada sensibilidad – ni de otras cosas, que a cuento no vienen – pero uno, modestamente, ha pasado algunos de los momentos más emocionantes de su vida en los museos, delante de algunas obras. Ya no sé si he sentido emoción artística o emoción a secas. Pero si mi capacidad poético literaria tuviera la mínima consistencia requerida podría hablarles de como desde hace años me quedo mudo ante ese Cristo, más exhausto que muerto, sostenido por un ángel lloroso, desconsolado, con coloridas y exóticas alas, que pintó Antonello de Messina y que conserva el Museo del Prado. Sí, es verdad, como dice Ortega, que, “con frecuencia al ser colgado el cuadro en la pared oficial del museo, parece trasladado a una dimensión convencional que extirpa, a nuestro trato con él, aquel tono de aventura íntima necesario a todo auténtico placer del arte”. Por supuesto, que me gustaría que no hubiera nadie en esa sala del Museo y contemplar, en el recogimiento íntimo, esa pieza maestra del Quatroccento italiano. Detenerme en los azules de su cielo, en los pliegues geométricos de blanco inmaculado del paño de pureza. Descifrar el enigma de cada uno de los cabellos de color escarlata del angustiado querubín. O perderme entre la fronda verde que rodea el tétrico perímetro del Gólgota, sembrado de calaveras. Pero para eso están los Museos, para que los visitantes, los usuarios que no podemos ser más que propietarios de la parte alícuota de este patrimonio podamos, aunque sea en compañía de otros, disfrutar de él. Qué más quisiera que tener para mí solo el deleite de estas obras. Por eso, siempre que puedo, busco las horas menos propicias para el turista y disfruto de esa emoción íntima de estar frente a la obra, y entonces el tiempo se detiene y el resto no existe. No siempre se produce, pero cuando sucede merece la pena. No les quepa duda. Sobre todo ante esas obras – en definición también de D’Ors – “ cuyas cualidades de vigor o de nobleza hacen palpitar cálidamente al corazón”. El aquí ahora de la obra de arte, el aura que decía Benjamin, actúa sobre nosotros. En cada uno de distinta forma, claro está, pero por encima de otras preocupaciones y a pesar de las incomodidades que supone la “apasionada demanda de las masas” por acercarse a las cosas, que también diría el pensador alemán.

Y es que, así como Sócrates persuadió a Parrasio de la posibilidad de la pintura para representar no sólo “las cosas que se ven” sino también “el carácter del alma”, podríamos afirmar que las obras nos dan pistas sobre el alma de sus creadores, de pero de alguna manera también nos conectan con nuestra propia alma. Puesto que en el pensamiento socrático la belleza no se identifica con la mera forma perceptible, sino que nos remite a una ética de orden superior. Podríamos inferir que las obras de arte, que han sido creadas indudablemente con ánimo de trascender, nos remiten a un encuentro, a una conexión con el alma ya no de lo representado, sino con el propio alma del artista y, aún más, con nuestro propio ser en el vértigo de la experiencia de la obra, aunque sea en un lugar transformador – cuando no manipulador – de la propia percepción de ésta, ya sea por su descontextualización, ya por su recodificación.

Y es que en esta época, en la que hemos pasado de aquella sociedad del espectáculo, que denostara Guy Debord, a la civilización del espectáculo que más recientemente ha intentado analizar Mario Vargas Llosa, no está de más recordar que ver no es mirar. De la misma manera que oír tampoco es igual que escuchar. Ver exige una atención y predisposición que va más allá del mero hecho de viajar, de visitar los museos. Volviendo a D’Ors, podríamos afirmar con él que “el conocimiento concreto, la noticia, nos da la mitad del saber; la clasificación, el orden la otra mitad. Lo primero satisface a nuestro ímpetu de curiosidad; lo segundo, a nuestra exigencia de razón”. Ciertamente, pero ¿estamos seguros de que podemos exigirle a los actuales visitantes de los museos ese conocimiento previo, ese interés por la noticia? Probablemente no, si hacemos caso al Nobel peruano, que piensa que “esas visitas multitudinarias a los grandes museos y a los monumentos históricos clásicos no representan un interés genuino por la “alta cultura” (así la llaman) sino mero esnobismo, ya que haber estado en aquellos lugares forma parte de la obligación del perfecto turismo posmoderno. En vez de interesarlo en el pasado y el arte clásicos, lo exonera de estudiarlos y conocerlos con un mínimo de solvencia. Un simple vistazo basta para darle una buena conciencia cultural. Aquellas visitas de los turistas “al acecho de distracciones” desnaturalizan el significado real de esos museos y monumentos e igualan a éstos con las otras obligaciones del perfecto turista: comer pasta y bailar una taranta…..”

Probablemente no esté muy descaminado, raro sería, el señor Vargas Llosa, pero… Pero, ¿por qué no hacer de la necesidad virtud? Ya que vienen, ya que están aquí, en los museos, quizás en los nuestros, en los malagueños, ¿por qué no intentamos que vean más que miren, que escuchen más que oigan? Que se detengan, que paren su frenético ritmo y disfruten de su estancia, aunque sea corta. Que les tiemblen las piernas, que se interroguen, que quieran saber. Ese probablemente sea el reto, lo difícil. ¿Por qué despreciar a tantos visitantes?¿Por qué subestimarles y considerarles meramente unos snobs? Muchos habrá, muchos hay, bien lo sabemos. Pero como dice Jorge Wagensberg, en el “Pensador intruso”, “una pieza original de museo es, en principio, un objeto mudo, pero la tarea de un museólogo es, justamente, hacerle hablar, ¡hacer que cante! – nos interpela – Hay mucho gozo intelectual oculto entre las piezas de museo”. Hagamos que canten esas piezas, busquemos la letra pongamos la música. También nos dice que “después de haber comprendido se vuelve la vista sobre la pieza y ¡gozo intelectual!”. ¿No les suena? Lo hemos dicho en palabras del gran Xeni hace un momento “el conocimiento concreto, la noticia, nos da la mitad del saber; la clasificación, el orden la otra mitad”. Ofrezcamos esa información, facilitemos las cosas, facilitemos la visita pero nunca en detrimento – por supuesto- de las obras, pero tampoco de la excelencia. Hay museos que se bastan con sus obras maestras. Ellas son el sustento firme de su razón de ser y su prestigio. Los hay enormes con largos listados de obras maestras. La mera existencia de estas le confieren su razón de ser. No es fácil en algunos de ellos poder ver en una sola visita esa pléyade de joyas del arte. Algunos facilitan planos con itinerarios someros que permiten al visitante, ávido de captar y poder contar que ha visto todo, lograr sus objetivos. Otros, museos con menos suerte entre comillas, se ven obligados a construir lo que ahora hemos venido en llamar relatos que sustenten una justificación para su visita. En unos y otros siempre es posible encontrar el momento y el lugar para el encuentro, para la conexión intelectual o espiritual. Incluso ambas. No hay que verlo todo, no es necesario. Me atrevería a decir que incluso es contraproducente. O es que no es preferible economizar energías y esfuerzo y guardarse, como los deportistas, para el esfuerzo, en este caso el goce final. Yo he visitado la romana galería Doría Pamphili y he preferido reservarme sólo para ese hombre que nos clava su dura mirada – aquella que le llevó a exclamar, o eso dicen, troppo vero– sentado, desafiante. Mientras el pintor sevillano desplegaba una sinfonía de carmesíes y blancos sin parangón en la historia de la pintura universal.

La cultura no lo es con o sin mayúsculas. La cultura es o no es. La cultura requiere un ejercicio diario, un interés, una ocupación pero también una preocupación. Porque la cultura como decía TS Eliot no es “solo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida….es algo anterior al conocimiento, una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos”. Es decir, se deduce, y me gustaría recalcarlo, que el conocimiento, los conocimientos son esenciales, fundamentales, pero la cultura, la sensibilidad y la “propensión del espíritu” son previos. Esta es la tarea de todos, una tarea que no implica sólo a los museos, sino que atañe a toda la sociedad de una manera global, como no puede ser de otro modo en este tiempo, pero también de un modo transversal. Y el resultado habrá de ser el goce, el goce intelectual que es algo superior que trasciende el conocimiento para atender al sentimiento.

El goce que puede producir encontrar en un museo de provincias cerca del Loire, en Tours, un cuadro de Mantegna y sorprenderse con su dominio del escorzo perspectivo, de su maestría. Observar como ese Cristo sabedor de su destino reza mientras sus discípulos, ignorantes del fatídico desenlace, duermen sin percatarse de como bajan, por el camino que viene de Jerusalén, los soldados prestos a detener al Mesías. Un Mesías que pide se aparte el cáliz que le ofrece un ángel envuelto en un torbellino de nubes. O disfrutar extasiado, en medio de la vorágine vertiginosa de una gran metrópolis como Seúl, con una extraordinaria pieza de cerámica Celadón del siglo XII. Ese tipo de cerámica esmaltada en verde, típicamente coreana pero de origen chino, tan apreciada por que puede conseguir un verde muy parecido al jade, la piedra sagrada. Una pieza excelsa en una museografía sutil en el mismo Leeum Museo de Arte Samsung, en el que podemos encontrar- en el edificio dedicado al arte contemporáneo- un espectacular Mark Rothko, Four Reds, que por más que sea representativo de sus muy conocidos Colours fields paintings no deja de emocionar menos con su sentido de lo sublime, plasmado en sus características franjas de color. Ambas obras tan diferentes, tan distintas y distantes responden a aquella voluntad que, decía, Steiner,   hace posible el gran arte y el pensamiento profundo, la voluntad, la aspiración de trascender. Trascendencia en un mundo de prisas, en el que priman la cantidad – los números, los dichosos números -, un momento en que se acumulan experiencias pero no se viven, no se siente; una sociedad en que las imágenes prevalecen sobre el pensamiento, sobre las ideas. No es verdad, no lo es y ahora menos que nunca, no debe serlo, que una imagen vale más que mil palabras. No siempre. El pensamiento necesita de imágenes pero se articula en palabras.

En la era de internet, de google, de la wikipedia, de facebook, de twitter, de no sé cuántas cosas más, de las redes sociales, en fin del exceso de información, los museos, siempre muy cuestionados, están en proceso de redefinición como lugares de encuentro. En estos tiempos en el que algunos todavía afirman – y viven de ello- que “la cultura es divertida y lo que no es divertido no es cultura”. Ya no hay un sólo tipo de museo, ni cabe éste en las definiciones y categorías tradicionales. En estos tiempos encontramos muy diversos modelos de museo que tienden a convivir y compartir espacios – físicos o temáticos- sin grandes conflictos. Aunque es verdad que este replanteamiento, en revisión permanente también es cierto, nos lleva a paradojas curiosas y usualmente comunes a muchos de ellos. Dice Rosalind Krauss, que el “museo industrializado necesita al sujeto tecnologizado, al sujeto que busca no afectos sino intensidades, al sujeto que experimenta esa fragmentación como euforia, al sujeto cuyo campo de experiencia no es la historia sino el espacio mismo: ese hiperespacio que utilizará una concepción revisionista del minimalista para liberarse”. Puede ser cierto, es más, estoy seguro de que es así y no hay que despreciarlo por ello. Ya lo he dicho, habrá que intentar comprenderlo y hacer de la necesidad virtud. Dicho para que se me entienda, habrá que llevar el agua a nuestro molino, o como mejor conviene a esta tierra, habrá que arrimar el ascua a nuestra sardina. Hay que aprovechar para recuperar lo que María Dolores Jiménez Blanco señala “como el lugar donde se define la cultura entendida como espacio de lo común”. La información se puede encontrar hoy de una manera relativamente fácil, la emoción, la sensación hay que buscarla y vivirla en el lugar. Dicho de otro modo, las emociones no se pueden sentir de manera vicaria o interpuesta. Se viven en primera persona. Hay que estar abiertos a sentir, a abandonarse en el encuentro de esa obra, de ese cuadro, de ese detalle, de esa luz.

El martes, sin ir más lejos, estuve visitando la exposición de Zurbarán en el Museo Thyssen de Madrid. No es fácil describirles lo que sentí ante el San Serapio. Un cuadro que conocía por la obra de María Luisa Caturla, hace muchos años ya de eso, demasiados quizás. Nunca lo había visto en directo. No se pueden imaginar esa locura de tonos y matices de marfil. Esa sobriedad en el gesto y esa prodigiosa capacidad para captar las calidades táctiles del hábito del torturado mártir. Pero esto era lo fácil, ese icono fácilmente reconocible y atractivo. Pero si uno, dejaba pasear su mirada sin condicionantes previos podía imaginar como el maestro de Fuentedecantos se detenía amorosamente en dotar de vida, ¡y de luz!, los tejidos de los vestidos de sus santas, las sargas de los monjes, los trozos de paño que amorosamente borda la Virgen niña. Pero no piensen que esto sucede solo en la obra de los grandes maestros de la pintura clásica. Se pueden sentir parecidas sensaciones, se lo aseguro, visitando el Museo Vostell en Malpartida de Cáceres, dejándose llevar por lo apabullante de algunas de las piezas del maestro alemán. Como podría ser el caso de la inquietante “Fiebre del Automóvil”, resultado de uno de sus happening, “Berlin – Fieber”, en que un Cadillac Fleetwood mueve unos rastrillos, a modo de patas de un enorme insecto, rodeado de platos de cerámica, que contrastan por su delicada fragilidad. Una reflexión sobre el poder esclavizante del automóvil en plena crisis del petróleo. O visitando el Museo de Naum June Paik, en su ciudad natal Seuon, en la provincia de Gyeongi, entre bosques de árboles milenarios, y estremecerse con la contemplación del que fuera su estudio neoyorkino, trasladado y reinstalado primorosamente con ese detalle y finura del que solo son capaces algunas culturas asiáticas.

Abandónense, déjense llevar y paseen por nuestros museos, sorpréndanse, abran su mente y su espíritu, vivan la experiencia. Vívanla, que no se lo cuenten. Prepárense, háganlo, sin prisa, sin agobios, sin angustias ni obsesiones, sin otro ánimo que el de disfrutar, de pasear y dejarse llevar, dejarse seducir. Porque hay que ir a los museos, que no son lugares muertos, ni de muerte. Son lugares vivos, espacios dinámicos, lugares para la vida y el vivir. Porque como dice un buen amigo existe otra mirada. “No la que ofrecen los ojos de la cara, sino los ojos del entendimiento. La que se produce cuando descubrimos que por medio de las palabras, los colores o las formas por los que nos dejamos atravesar, la realidad se enriquece, se transforma de continuo, hasta hacerse infinita”.

Yo, mientras tanto, seguiré volviendo a los museos a encontrar en ellos a mis viejos amigos los cuadros, las esculturas, los videos, las instalaciones. Hoy en día el arte se manifiesta en múltiples maneras, modos y soportes. A mis viejos amigos los artistas. No sé, si como dice, Estrella de Diego, a “acallar mis miedos, unos temores inmensos que se ponen de manifiesto allí mismo, en medio del supuesto orden que no hace sino enfatizar lo vulnerable de la certeza. Volvemos, aunque no lo hayamos pensado siquiera, por la extrema fragilidad del mundo que habitamos y el consumo trata de encubrir como un pecado de familia”.

Volveré en unos días a Quesada, me reencontraré allí con el pintor, con sus obras – mis viejas amigas – alguna de las cuales he visto en este tiempo fuera de aquella su casa. Pero también me volveré a encontrar con mi memoria, con quién fui y ya no soy. Con quien quería ser y ahora no sabe qué es. Me reencontraré con mis miedos de antaño, con la vida. Recuerdo otra vez a mi amigo el poeta.

El Tiempo, voz que cae en la memoria,
alcanza un horizonte que me ignora

Me reencontraré con mis recuerdos y me reencontraré con él, que me llevo allí, que me ha traído hasta aquí. Porque igual que Picasso, siempre pintaba a su padre cuando pintaba a un hombre, yo siempre que entro en un Museo veo a mi padre. Aparcando su coche, en la misma puerta de Velázquez del Museo del Prado, abriéndome a esta vida de formas, colores, luces, emociones y sentimientos.

Muchas gracias.

José Mª Luna Aguilar

RESPUESTA AL DISCURSO DE INGRESO DE D. JOSÉ MARÍA LUNA AGUILAR (Pdf 150K)

En sesión celebrada en el Salón de los Espejos del Ayuntamiento
de Málaga el día 25 de Junio de 2015, tras el discurso pronunciado por el nuevo Académico de Número de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo de Málaga, D. José María Luna Aguilar, el Académico de Número D. Ángel Asenjo Díaz presentó al citado nuevo académico, en relación a cuya figura glosó de forma muy resumida sus méritos personales y profesionales para acceder a este nombramiento. Seguidamente expuso la relación entre el oficio de director-organizador de museos, en el que D. José María Luna
es una insigne figura, y el oficio de arquitecto, que para culminar cualquier obra museística requiere de la colaboración del especialista museólogo, lo que expresó de forma resumida mediante el texto siguiente:

«Presentar a José María Luna de forma breve no es fácil. Es una persona cuya labor me sorprendió favorablemente hace muchos años. Sin conocerlo, en mis reiteradas visitas al Museo del Grabado de Marbella, cuando iba al Ayuntamiento de este término municipal a hacer el seguimiento de mis proyectos urbanísticos y arquitectónicos, pude comprobar que este pequeño museo estaba bien dirigido. Después lo conocí como responsable de la colección de la Fundación Rodríguez Acosta, para cuya familia también trabajé como arquitecto, coincidiendo con él en Vigo en una exposición patrocinada por esta fundación, donde casualmente exponía su obra José Manuel Cabra. Más tarde he tenido la ocasión de disfrutar las exposiciones por él organizadas para la Fundación Casa Natal de Picasso. Es ahora, como coordinador general de las exposiciones de la indicada Casa Natal de Picasso y de los Museos Pompidou y de San Petersburgo de Málaga, cuando pienso que podremos disfrutar aún más de su labor como director de estos museos, incluso como museólogo de los mismos.

La carrera de José María Luna ha sido siempre ascendente, como debe
ser y como pocos hacen, pero lo que engrandece más su persona, a la que tengo el honor de presentar a esta Real Academia. Es su labor profesional como director/organizador de los espacios museísticos donde se celebran las indicadas exposiciones, lo que como arquitecto me interesa especialmente, pues la concepción y desarrollo de los espacios arquitectónicos de carácter museístico siempre constituye un enorme desafío, que difícilmente puede resolver el arquitecto sin la colaboración de un director/organizador de museos, o museólogo. Nuestro compañero en esta Real Academia, Rafael Martín Delgado, ha tenido el privilegio de intervenir en la creación del Museo Picasso, generando espacios muy interesantes, lo que sin lugar a dudas debió resultar para él un desafío, del que salió evidentemente victorioso.

La existencia de esta complementariedad entre el director-organiza- dor de museos, o museólogo, y el arquitecto, constituye en sí una dualidad que nos vincula profesionalmente, y es la idea que deseo utilizar como base conceptual para esta presentación de José María Luna, en su nombramiento como Académico de Número de esta Real Academia. Desde esta perspectiva considero que la arquitectura museística es consecuencia, como he apuntado, de la necesaria colaboración entre el arquitecto y el especialista, ya que los museos son unos espacios arquitectónicos muy particulares, donde la arquitectura y la museología se alimentan mutuamente, en aspectos no siempre fáciles de diferenciar. La creatividad arquitectónica es alcanzada por el arquitecto cuando es capaz de captar de forma adecuada las aportaciones de ideas y conceptos del experto, del museólogo que, como representante del promotor, debe conocer y plantear los requerimientos necesarios para el adecuado funcionamiento del futuro museo y en consecuencia plasmar las ideas que se han de recoger en el proyecto museístico, con el fin de implantar los distintos espacios buscados por el mismo.

El museo, entendido como contenedor de obras de arte, obliga al arquitecto a abordar el proyecto desde el convencimiento de que el arte es una forma del conocimiento, cuyo entendimiento se basa en un único principio, el de la comunicabilidad de sus complejidades ininteligibles. Esto obliga al arquitecto a concebir el espacio desde la búsqueda de un equilibrio capaz de articular todas las tensiones cognitivas que pueda llegar a albergar el museo, de forma que el espectador perciba las obras de arte en la forma más deseada, lo que podrá alcanzar tan solo con la colaboración del museólogo.

Para la concepción de estos espacios museísticos el arquitecto también debe tener presente que el arte puede transmitir emociones complejas, siendo su grandeza la capacidad de posibilitar profundas intuiciones llenas de complejidades, sin necesidad muchas veces de comprenderlas. También puede provocar auténticas tormentas creativas y sensitivas, siendo el espacio museístico el lugar donde articularlas, promoviendo los estímulos del espectador, acercándolo al conocimiento artístico, lo que se consigue a través de espacios abstractos capaces de hacer dialogar a las obras de arte consigo mismas y con los espectadores, lo cual nunca es fácil de concretar.

Como arquitecto tan solo he tenido ocasión de proyectar espacios museísticos a nivel de proyecto, pero esto ha sido suficiente para plantearme las cuestiones que acabo de exponer, que no solo me han llevado a reflexionar a nivel arquitectónico, sino también a nivel urbanístico, ámbito en el que en su día realicé una aportación al II Plan Estratégico de Málaga, desarrollando la idea del espacio museístico desde un concepto más global, a nivel de ciudad, exponiendo la idea de un mega-museo de Málaga, que de alguna forma se está conformando en estos momentos.

Para concluir, quiero afirmar que el fomento de estas ideas sobre los espacios museísticos corresponde, de forma muy importante, a los especialistas, a los museólogos, antes, durante y después del proyecto arquitectónico. Para ello actualmente en Málaga tenemos el privilegio de tener como responsable de estos asuntos, en la corporación municipal, a D. José María Luna. Como gran conocedor del mundo de los museos, tal y como nos ha demostrado en su Discurso de Ingreso a esta Real Academia, estamos convencidos de que es la persona idónea para conseguir la Málaga museística a la que aspiramos, y que esperamos se convierta en el indiscutible referente museístico del Sur de Europa. Lo que deseamos sea, en gran medida, mérito de nuestro nuevo Académico de Número, D. José María Luna Aguilar».

ÁNGEL ASENJO DÍAZ

Málaga, 25 de junio de 2015