QUERIDO BOB DYLAN

José Manuel Cabra de Luna

Publicado en la sección 03 Colaboraciones de Académicos ©
Anuario 2016. Segunda Época (descargar pdf) 

1.

En octubre de 2016 se conoció la noticia de que el cantante americano Bob Dylan había sido premiado con el Premio Nobel de Literatura. El revuelo fue considerable en muchos foros. En la prensa especializada, en tertulias literarias (que en nuestro país suelen ser radiofónicas) y en las declaraciones de muchos escritores y críticos; los epítetos dedicados a la decisión de la Academia sueca no fueron, en general, precisamente de alabanza.

Estoy seguro de que al ciudadano Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan, todo ese ajetreo le traía sin cuidado o, mejor aún, le parecía estupendo porque así su silencio era más sonoro. Estuvo varios días en un mutismo absoluto, hasta el punto de hacer pasar al Comité sueco por un amargo momento. No se sabía si había aceptado o no el galardón. Si hubiese dicho que no, no habría sido el primero; así ocurrió con Sartre, por ejemplo. Otros, como Beckett, discretamente aceptaron para inmediatamente perderse de la faz de la tierra hasta aparecer en una escondida y lejana aldea de Túnez. A recoger el premio fue su editor, un joven que apostó por esas obras, auténticos laberintos del espíritu y la soledad, que nadie antes había querido convertir en libro.

Bob Dylan terminó por aceptar el galardón sueco, aunque de manera esquiva y deshilvanada; como le correspondía. Para colmo, no fue personalmente a recogerlo, sino que dio su representación a Patty Smith, que sufrió varios lapsus de memoria en su intervención. Difícil circunstancia que fue salvada por el cariñoso y equilibrador aplauso que le brindó el público. El mismo que, con toda seguridad, había escuchado con fervor las canciones de Dylan en su juventud.

DYLAN EN SHERIDAN SqUARE PARk, NUEVA YORk, Ny, EN 1965. FOTO: GETTY IMAGES

¿Cómo se atrevió el jurado a tomar tan arriesgada decisión, para muchos tan desatinada? Creo que, no obstante las apariencias, había medido bien sus pasos porque la decisión tomada, aunque difícil, navegaba por cauces ya abiertos. Reconocer como gran literatura al periodismo ya se había hecho en el caso de Svetlana Alexiévich y lo mismo ocurrió con el teatro de un casi goliardo como Darío Fo o con la, en cierto modo inclasificable, obra de Herta Müller. Todos ellos fueron nombramientos que habían allanado el camino del cantante americano hacia el reconocimiento con el Nobel.

Pero con Dylan se ha ido más lejos porque, los antes citados no dejan de ser autores muy minoritarios y al concedérseles el premio podría pensarse que se hacía un acto de justicia poética, una especie de redención de tantas voces que han vivido y desarrollado su obra “en off”, fuera de los circuitos acostumbrados de honores oficiales, medallas, doctorados “honoris causa” y otras fiestas mundanas (eso son, por rigurosas que puedan pretender ser). Pero el problema es que Bob Dylan es muy popular, para muchos infinitamente más popular que lo pueda ser el Premio Nobel y no digamos algunas de sus canciones, convertidas en auténticos himnos de generaciones enteras y que han devenido en iconos sonoros para millones de personas.

Las cosas, así, se han puesto difíciles. Porque ahora hay que mojarse. Ya no cabe acudir a posiciones académicamente compasivas, como pueda ser la de redención de minorías olvidadas o preteridas, sino que ahora la postura tiene que ser abierta y franca: se está conforme, o no se está, con la decisión del jurado. No cabe fundamentar nuestra posición en ambiguas posturas cargadas de argumentaciones difusas que justifiquen una negativa encubierta. Como he dicho, se está de acuerdo o no se está.

Es posible que a los miembros del Comité sueco, mientras debatían la conveniencia y oportunidad de conceder el premio al solitario de Minnesota (en tantas ocasiones rodeado de multitudes), le zumbaran en los oídos las palabras proféticas que, con inconfundible voz gangosa, venía cantando desde hacía décadas en letanía estremecedora:

 

Venid todos, juntaos aquí
No importa adónde vayáis… / …

Venid escritores y críticos
Que profetizáis con vuestras plumas… / …

Venid senadores y congresistas
Por favor, atended la llamada… / … 

Venid padres y madres
De todo el país
Y no critiquéis lo que entender no podéis
Vuestros hijos e hijas
Ya no os obedecen
Vuestro viejo camino es ya una ruina
Dejad libre el nuevo si no tendéis la mano
Porque los tiempos están cambiando  

Se ha trazado la línea
La suerte está echada
El lento de ahora
Será luego veloz
Al igual que el presente
Será un día pasado
El orden ya se desvanece
Y los primeros, últimos serán
Porque los tiempos están cambiando.

PEGATINA DE BOB DYLAN

La motivación principal en la que la Academia sueca fundamentó el premio a Dylan fue “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción americana”. Y tanto. Las fuentes de nuestro autor pertenecen, y eso son todavía los Estados Unidos, a un mundo que se está haciendo y en el que convergen diferentes tradiciones que pugnan por alumbrar la gran tradición propia. En la obra de Dylan, sobre la que planean Baudelaire y Rimbaud, se columbra también a Walt Whitman pero sin olvidar a Blake y son continuas las referencias a frases e imágenes bíblicas, principalmente veterotestamentarias (como corresponde a un origen judío) mezcladas con toda clase de expresiones populares, altisonantes y malsonantes, así como también aparecen ecos de auténticas y reiterativas “canciones de frontera” cantadas por modernos trovadores populares errantes que conviven con personajes de ferias de pueblo. Sin olvidar un sin fin de imágenes psicodélicas que nos conducen a mundos delirantes pero que, al convivir con todo lo anterior, ayudan a conformar una actualísima y extraña unidad vivencial y artística.

El arte pop tardó mucho en ser aceptado en los cenáculos críticos y artísticos y, cuando lo fue, no dejaba de tener una cierta consideración de arte menor, entre el dibujo y la publicidad. Lo académico se refugiaba, como suele, en lo que tiene menos importancia, en la tradición cerrada de las técnicas artísticas y en la habilidad para reproducir una añeja apariencia externa de las cosas; o sea, una visión unidimensional y ya periclitada del mundo. Casi se llegó, y eso no habría ni que decirlo pues se evidenciaba en los hechos, a asumir que existían dos planos del arte: el que había conectado con las masas porque se nutría de la mirada que había cristalizado en la iconografía diaria de los medios y el otro, el que se pretendía a sí mismo arte serio, que se refugiaba en museos y academias.

Pero no ocurrió exactamente así en América, porque su substrato epistemológico complejo y multidireccional ampliaba su concepto de tradición, en realidad la conformaba con una naturaleza mucho más versátil y amplia en sus raíces. Esa nueva actitud se extendió a todas las artes y de esa capacidad sincrética se derivó la posibilidad de indagar en nuevas formas y vías artísticas, generándose una extraordinaria capacidad creativa que ya no tenía que transitar por los caminos usuales, que ni siquiera tenía que acomodarse a las artes clasificadas a la manera llamada “clásica”.

PASE DE BAKCSTAGE DE LA GIRA DE 1989

En su día, que un trovador palaciego o un goliardo, por reportado que podamos imaginarlo, se constituyeran en representantes de las artes era inimaginable. En otras palabras, no habrían sido aceptados en la Academia (en el supuesto de que ellos lo hubiesen querido). Aunque, paradójicamente, sí hubiera sido aceptado, y de muy buen grado, el estudioso que se hubiese aplicado a ordenar y clasificar sus poemas y composiciones musicales, y a incardinarlas en una tradición más o menos popular o más o menos culta; en suma, a hacer taxidermia de una obra. Y con esta afirmación no denuesto el estudio riguroso de cualquier cuestión, pero sí el afán de exclusividad, la tendencia a considerar el estudio por encima de lo estudiado, al comisario de una exposición como alguien más importante que el propio autor, la actitud -en definitiva- de impedir el “acceso al Paraíso” al creador, que es quien lo merece y no a su exégeta; que puede o no merecerlo, pero siempre que no se excluya al primero.

Pues, a mi entender y con todas las distancias que se quieran guardar, esto es lo ocurrido con la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan. Sobre él hay tesis doctorales, estudios innumerables desarrollados en los templos culturales más conspicuos, se han hecho películas sobre su vida y obra y todo ello parece razonable, pero para muchos (que son muchísimos) el otorgamiento no procede porque una canción no es un poema y, por tanto, un cantante ni puede, ni debe entrar en el Gran Parnaso de la Literatura.

Y efectivamente una canción no es un poema, pero sí que puede ser poesía. En una canción puede contenerse tanta poesía como en el más grande de los poemas; como puede existir también en cierta prosa (no es raro en nuestra literatura reciente que la poesía se materialice a través de pequeños fragmentos en prosa, que algunos han querido denominar con el neologismo “prosema”). La cuestión, como vemos, es clasificar, ordenar, construir mundos de razón, para cosas y actos en los que la razón deviene insuficiente.

2.

Así las cosas, no es baladí preguntarnos: Y además de premiar a un extraordinario poeta con una ingente obra cantada ¿qué nos ha querido decir la Academia sueca concediendo el Nobel de Literatura a Bob Dylan? ¿Es tan solo una provocación o el resultado de una forzada “puesta al día”? Creo que ni lo uno ni lo otro. Y es que el mundo ya no es el de Balzac, ni el de Stendhal, Flaubert o Lord Byron y ni siquiera el de James Joyce; como tampoco es el de Picasso, por más influencia que todos ellos puedan haber tenido y sigan teniendo en nuestra imagen de él que, en buena parte, está conformada por lo que ellos hicieron.

Pero la cuestión es otra, porque muchos pilares de nuestra cultura están cayendo para no levantarse jamás. La clasificación de los géneros artísticos, los que parecían inamovibles y estáticos cánones estéticos se convulsionan. ¿Está muy lejano el momento en que se pueda construir un poema con los nuevos signos de internet? Ese lenguaje sincopado y para mí -lo confieso- incomprensible es, sin embargo, de uso común en cada vez segmentos más amplios de población. ¿Se convertirá algún día en vehículo de expresión literaria? ¿Es una postura razonable el negarnos a admitir que ese mundo está aquí, no lo habremos llamado nosotros, pero está aquí también para nosotros y ha llegado para quedarse?

Y, si así están las cosas, ¿qué sentido tiene manifestar -como he oído a un, por otra parte, extraordinario escritor español- que el Nobel de Dylan es una barbaridad, un error histórico? Después de lo dicho en el párrafo anterior hacer del último Nobel un “casus belli” me parece algo completamente fuera de lugar. Nuestra contemporaneidad artística con su amplitud de mirada y su capacidad para fusionar técnicas, estilos, géneros e intereses estéticos, nos permite sin esfuerzo alguno alcanzar a ver la poesía en la canción, que no es un poema musicado (lo que creo que ha hecho más daño que beneficio a la canción), sino otro medio de expresión poética. Con un buen puñado de canciones que nos acompañen en la vida podemos “habitar poéticamente la tierra”.

3.

¿Cómo es y quién es Bob Dylan? Quizá la definición que más le convenga sea la de creador, la de un gran artista creador (y no es una tautología). Carece en absoluto de una formación mínimamente académica, aunque no de múltiples y meditadas lecturas y posee una habilidad única para engarzar imágenes y para captar los anhelos de toda una generación. Su creatividad se expande también en la pintura y, en los últimos años, en la escultura. Pero sobre todo tiene el don de construir mundos y de contar historias, de describir sentimientos, pasiones y dolor con las palabras y las notas musicales. Leer las canciones de Dylan como poemas no es -a mi juicio- un ejercicio demasiado recomendable pues las palabras no lucen en toda su capacidad y esplendor cuando están ahí quietas, yertas en la página del libro; necesitan de su voz quebrada y gangosa, de su guitarra y su armónica para vivir. En el conjunto que le acompaña, magníficos músicos siempre, a veces sobresale un instrumento que toma a las palabras de la mano y las hace pasear por un jardín sonoro y me refiero, por ejemplo, al evocador órgano de “Like a Rolling Stone” o al misterioso violín de “Hurricane”. En su cantar, una sílaba puede dilatarse en el tiempo más que todo el verso, o no, porque Dylan nunca canta la misma canción de la misma forma. Como si no quisiera repetirse, como si buscase la continua innovación, el perpetuo cambio. En realidad, esa ha sido siempre su vida, cambiar siempre, no mirar atrás, ser otro sin dejar de ser él mismo y cantar, siempre cantar en una gira sin fin; yendo de pequeños teatros a estadios inmensos. Su trato, al menos en público, es un tanto huraño y áspero; quizá haya adoptado como lema vital las palabras del que, en tiempos, fuera su compañero de viaje, Pete Seeger: “Creer que los artistas tienen que ser alegres y divertidos es una frivolidad. ¿Alegre? Cualquiera puede serlo.”

¿Qué ha supuesto para Dylan la concesión del Premio Nobel? Popularidad no, desde luego; pues ya la tenía. Un honor sí y así lo ha dicho, con su elocuente parquedad verbal. Pero un honor que, en cualquier caso, no tiene más contenido que el del reconocimiento. Sus canciones seguirán estando ahí, al alcance de todos y sus conciertos no creo que se vean incrementados de público por ello. No sería mucho presumir si decimos que su vida seguirá siendo la misma porque gracias a internet sus canciones están libremente a disposición de cualquiera y ni siquiera tendrá que hacer giras promocionales (como ocurre con cualquier escritor a quien las editoriales le exigen ir de presentación en presentación y firmas de libros).

Quizá nos vuelva a sorprender con cualquier inesperado giro como cuando, abandonando la pureza folk de la guitarra acústica, se presentó ante el público con un conjunto de rock y una guitarra eléctrica. En un concierto en Manchester un desesperado fan alzó su voz por encima del griterío de protesta de toda la sala y le espetó una palabra que se clavó para siempre en su biografía: ¡Judas! Dylan hizo lo que luego haría muchas veces a lo largo de su vida, siguió tocando, saludó brevemente para despedirse y parafraseando al clásico “fuese y no hubo nada”.

Quisieron convertirlo en el líder del movimiento folk, pleno de pacifismo izquierdista en el que aquella generación de artistas se había instalado y, fueran cuales fueran sus ideas, se resistió con auténtica determinación a ser encasillado. Podría decirse que Dylan les traicionó a todos cuando rechazó el dogal angélico que voluntariamente se colocaban los que hasta ese momento habían sido compañeros de viaje; en el fondo, almibarados exégetas de un mundo ido e idealizado. En realidad, los salvó a todos porque el folk se incardinó en el rock y viceversa. Siguió su camino, se abandonó a la creación, al riesgo y la libertad inconmensurable del arte. Aunque, en este punto y momento de lo escrito, no debemos olvidar lo que Pete Seeger dijo de él: “Lo consideraba una persona política y un izquierdista, pero no le interesaba. Lo creíamos un caso desesperado de ingenuidad política, mas mirando retrospectivamente, es posible que fuera mucho más sofisticado que todos nosotros.”

En el documental de Martin Scorsese, Dylan refiere a un consejo que le diera un amigo: “Recuerda Bob, nada de miedo, nada de envidia, nada de maldad”. “Entendido”, le respondió. No sé si ha padecido la dolorosa envidia, como también ignoro si ha sido capaz de no anidar maldad en su corazón, pero lo cierto es que el miedo no le ha atenazado. Su vida y su obra es un continuo ir y venir, tejer y destejer los días, recorriendo el mundo con sus canciones y ensanchando la tradición que había nacido en los trenes de viajes interminables, en los cruces de caminos, en perdidas aldeas de casas de madera y que sostuvo y transmitió el único a quien tuvo por maestro: Woody Guthrie.

Otro gran artista americano, éste pintor, Sol Lewitt en uno de sus parágrafos sobre arte, escribió que “una cierta torpeza conviene al genio”. Parece escrito para Dylan. Su voz es, para algunos, detestable (está muy lejos de la de Paul Simon, pongamos por caso). Es un buen guitarrista, pero en el mundo del rock los hay mucho mejores y su armónica no deja de ser un limitado instrumento que parece servir a modo de entremés instrumental entre estrofas, pero cuando él actúa el escenario se llena y todo se carga de creatividad y belleza; una belleza áspera si quieren, dura pero intensa y capaz de una rara dulzura.

4.

El pintor Francis Bacon, gran admirador de Velázquez, se obsesionó con el retrato de Inocencio X hasta el punto de haber efectuado cerca de cuarenta versiones y variaciones del mismo; valiéndose siempre de fotografías para su trabajo. El cuadro de Velázquez, salvo alguna salida excepcional, no se ha movido del Palazzo Doria-Paphili en Roma. Una leyenda sostiene que el pintor inglés, cuando ya había concluido su serie pictórica fue a Roma para ver la obra del maestro español y, estando en la puerta del palacio, se volvió y no entró porque -dijo- “no habría sido capaz de enfrentarme a él”. Hay quien mantiene que el propio Bacon desmintió esta bella versión de la historia, afirmando que sí que lo había visto, pero que mantuvo aquella versión fabulada, más romántica, porque le daba un cierto aire misterioso a su relación con el retrato.

Lo que les refiero a continuación es rigurosamente auténtico. En abril de 1999, Bob Dylan vino a Málaga, ofreciendo un concierto en la plaza de toros, La Malagueta, que se llenó completamente. Una persona muy querida me invitó a ir al mismo, se lo agradecí vivamente pero no acepté la invitación; no pude. No sé cuanto de verdad hay en la negativa de Bacon a ver en vivo el retrato de Inocencio X, pero sí sabía cuanta imposibilidad había en mí para ver y escuchar, en mi ciudad, mucho años después de que comenzara a acompañarme en la vida, a Bob Dylan.